“... lo habían reconocido al partir el pan.” (Lucas 24, 35)
¿Habías notado que el encuentro de estos dos discípulos con Jesus, camino a Emaus, se parece a la forma en que nos encontramos con él en la Misa?
Al principio, Cleofas y su amigo estaban devastados. Jesus había sido crucificado y sus esperanzas se habían truncado. Por eso, cuando Jesus se les acercó “los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron” (Lucas 24, 16). ¿Con qué frecuencia llegamos a Misa preocupados? Las preocupaciones pueden impedirnos ver a Jesus con claridad.
Jesus no se mantuvo distante. Se acercó y se interesó en estos dos abatidos discípulos. De forma similar, el nos acoge en Misa en la condición en que nos encontremos y se acerca a nosotros. En el Rito penitencial, nos ofrece su misericordia para que podamos alejarnos de nuestros pecados y nos concentremos nuevamente en el.
Una vez que Jesus comenzó la conversación con sus discípulos, les explicó “todos los pasajes de la Escritura que se referian a él” (Lucas 24, 27). En la Liturgia de la Palabra, Jesús nos enseña. Las lecturas pueden abrir nuestro corazón y nuestra mente al plan perfecto de Dios, que se cumple en él.
Aunque el corazón de los discípulos les ardía conforme iban comprendiendo las Escrituras, no reconocieron a Jesus hasta que tomó en sus manos el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. En la Liturgia eucarística, nuestros ojos se abren y nuestra fe se hace más profunda mientras Jesus se nos ofrece en la Sagrada Comunión.
Luego, los dos discípulos retornaron a Jerusalén inmediatamente y con alegría para contarles la noticia a sus amigos. Al final de la Misa, somos enviados a anunciar “la alegría del Señor resucitado”. Encontrarse con Jesus transforma nuestro corazón, y no podemos evitar proclamarlo.
“Señor Jesús, gracias por venir a mi encuentro”
Amén
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