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II Domingo de Cuaresma—Mateo 17:1-9

La liturgia de hoy está llena de símbolos de gloria y majestad. Si estamos atentos, podremos descubrir el gran amor de Dios hacia su
Hijo Jesús y también hacia nosotros, manifestado en su Transfiguración. La gloria futura se presenta en la nube como signo de la presencia de Dios, así como en los vestidos blancos y el rostro de Jesús resplandeciente como el sol. “A la vista de ellos, su aspecto cambió completamente: su cara brillaba como el sol y su ropa se volvió blanca como la luz” (Mateo 17:2). La muerte que Jesús había anunciado previamente a sus discípulos, la que iba a padecer, será transformada en gloria en la Pascua. Sin embargo, para llegar a esa Pascua hay que pasar por el camino del Calvario, hacia la cruz. Pedro propuso hacer tres tiendas; estaba tan bien allí, con sus compañeros y con Jesús. De repente, se escucha la voz del Padre que dice: “Este es mi Hijo, el Amado; éste es mi Elegido, ¡escúchenlo!” (Mateo 17:5).

Para ser verdaderos seguidores de Jesús, debemos desinstalarnos de nuestras comodidades y de nuestros caprichos. La Cuaresma, que
apenas comienza, debe llevarnos a comprometernos con el bien común y con la justicia que tanto necesita la sociedad actual. La dura
realidad que estamos viviendo debe ser también un camino para encontrar la luz y la voz de Dios que nos llama a despertar y actuar
frente a las necesidades de los demás. También cabe la pregunta: ¿a  quién estamos escuchando? ¿A quién, o a qué, le estamos haciendo caso? Recordemos que seguir al Maestro exige esfuerzo y entrega. Bajemos, pues, de lo alto del monte para caminar con Jesús en esta
Cuaresma. ©LPi Amén

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