“La palabra que sale de mi boca no volverá a mí sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplira su mision” (Isaías 55, 11)
Cuando llueve, algunas personas pueden quejarse de las incomodidades, especialmente si tienen que salir de su casa; pero otras
exclaman: “¡Al menos los sembrados están felices!” Como lo sugiere la primera lectura de hoy, la lluvia y la nieve, después de “empapar la tierra” ayudan a “fecundarla y hacerla germinar”, y todo lo que crece en ella se beneficia también (Isaías 55, 10). En ese pasaje, Dios compara el efecto que esa lluvia y esa nieve tienen en la tierra con la acción que su palabra tiene en nuestra vida: “Hará mi voluntad” y “cumplirá su misión” (Isaías 55,11). Los israelitas que escucharon esta profecía por primera vez deben haber tenido la seguridad de que Dios verdaderamente los traería de regreso del exilio y restaurar su país. Al escuchar hoy estas palabras, nosotros también podemos estar seguros de que la palabra de Dios en las Sagradas Escrituras puede tener un buen efecto en nuestra vida y conducirnos a nuestro verdadero hogar.
Cuando el agua toca la tierra, la suaviza y permite que las semillas germinen y las raíces sean profundas. Así, también, la palabra de Dios suaviza nuestro corazón. Si estamos albergando orgullo o resentimiento, su palabra abre nuestros ojos a la profundidad de su amor y nos permite renunciar a esas actitudes que nos retienen.
De forma similar, la nieve añade a la tierra una capa de protección del frío extremo. Al derretirse, proporciona al suelo un riego suave y
profundo. Del mismo modo, la palabra de Dios nos protege, incluso de las circunstancias más difíciles o imposibles, y nos establece en la verdad de que él es fiel y digno de confianza.
Amen
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